Sergio David Corrales Montenegro.
Abogado y Notario Público
Árbitro y Mediador CMA CCSN

Hasta ahora, los artículos que hemos escrito para varias revistas están dirigidos al público en general o a determinado grupo de inversionistas o empresarios. En esta ocasión, queremos que este artículo lleve como destinatario a los colegas que ejercemos “la profesión más noble”.

Algunos abogados equivocadamente han creído, quizás por falta de un análisis concienzudo, que el litigio es un buen negocio y que entre más extenso se vuelva un proceso, es más rentable para seguir justificando honorarios por un juicio determinado, y por ende se hace todo lo posible por “estirar” los procesos de cualquier manera, y en casos, se apela de resoluciones aun sabiendo que la sentencia fue emitida conforme a derecho.

Nosotros estamos proponiendo cambiar el paradigma pues, de hacerlo así, haríamos nuestra profesión más rentable. La premisa que los métodos alternos de resolución de conflictos (MARC) perjudican los ingresos de los abogados por ser procesos extremadamente cortos, está totalmente equivocada. ¡Los métodos alternos de resolución de conflictos pueden brindar resultados totalmente diferentes!

Indistintamente del área específica en la que nos desempeñemos como profesionales del derecho, normalmente los abogados recibimos una llamada, visita o correo electrónico de un cliente indicándonos que tiene un problema que desea abordar con nosotros para que le indiquemos qué hacer. Se coordina una reunión, escuchamos el caso, revisamos los documentos o evidencia, y ¿Qué hacemos? ver si hay acción para interponer un proceso judicial, si se puede embargar algo…y le decimos al cliente: “¡hay que embargar bienes y demandar!”

El cliente, por el desconocimiento que tiene de la ley y la confianza que tiene en nosotros, acepta, e iniciamos las acciones judiciales. Y como ambos abogados están preparados para hacer de ese proceso el más extenso, como si fuera una competencia, el proceso dura años en el Juzgado. Luego estamos también programados a apelar de cualquier sentencia sin importar las consideraciones hechas por el Juez o Tribunal, y así el caso sigue sin resolverse por varios años más.

Durante todo este proceso tampoco se olvida el dinero efectivo y el costo de oportunidad que el cliente está pagando por la duración del mismo, así como el tiempo que pierde atendiendo el caso en vez de invertirlo en otras actividades productivas para su empresa, que probablemente lo sería también para su abogado en revisión de contratos, consultas jurídicas u otras actividades profesionales.

En algunos casos, la persona o empresa contra la cual el cliente está querellando, es un socio importante para él o ella, y el llevar el caso a un Juzgado en vez de buscar una solución amistosa elimina la posibilidad de que esa relación se salve y el cliente pueda continuar haciendo negocios con esa persona o empresa.

Por todo esto debemos concluir que los costos son altos para un cliente cuando llevamos su caso a un Juzgado, aún si el caso se gana, y hace de la victoria, cuando mucho, una victoria pírrica. Pero, ¿y los abogados? También para nosotros llevar un caso a un Juzgado nos cuesta recursos, tiempo y pérdida de oportunidades.

Si cuando un cliente tiene una controversia le sugerimos que hay formas de resolución que son menos costosas porque duran menos tiempo, que le permiten dedicar su tiempo a actividades productivas, que le permiten mantener o rescatar relaciones con la persona o empresa con quien tengan la controversia, y que además les permite ahorrar dinero, serán muy pocos clientes los que no acepten nuestra sugerencia.

Una vez dentro del proceso alterno de mediación por ejemplo, se debe tener la actitud correcta para alcanzar esa solución rápida y positiva. Ambas partes deben llegar con la intención de resolver la controversia y los abogados debemos ser los impulsores de esa actitud flexible que permita a ambas partes llegar a términos que ambas sientan que salieron ganando con la mediación.

La sensación propia de haber ayudado realmente al cliente y haberle servido bien es muy gratificante. Pero por si eso fuera poco, quedamos liberados de ese caso y con tiempo para asistirlo en otra situación, o asesorar a otro cliente y cobrar nuevos honorarios.

No hay cliente más satisfecho que el que ha logrado una negociación corta, rápida y en donde la relación de negocios se ha salvado, ni siquiera el cliente que ganó un proceso judicial en todas las instancias se siente tan satisfecho. Lo mismo sucede con el arbitraje de equidad, donde los fallos tienden a ser “salomónicos” y nadie se siente perdedor.

De esta forma creamos en nuestro cliente una imagen nuestra no sólo de asesor legal, sino también de una especie de socio importante en su negocio, de una mano amiga que coopera con él para mejorar su negocio, en vez de esa imagen que muchos empresarios tienen de muchos colegas de que el abogado viene siempre a complicar todo, a sacar plata y a no resolver nada.

Entonces, una vez logrado esto, nuestro cliente nos buscará más para ver otros temas y no solamente cuando tenga un conflicto. Además, le contará a sus amigos, socios y a sus familiares lo bien que salió del proceso y cómo el abogado fue una parte clave de ese resultado, y consecuentemente nos recomendará a todo aquel con quien hable del asunto, o con quien le cuente que tiene un conflicto.

Todo esto obviamente nos genera más clientela y por ende más ingresos y mejora sustancialmente nuestra imagen como profesionales. Esto último tiene un valor incalculable, o como dice un anuncio conocido: “…¡no tiene precio!”. Ya sabemos los abogados que en todas las profesiones liberales como la nuestra, la imagen es lo más importante después de los conocimientos técnicos y la experiencia.

¿Qué dirían si les digo que este no es el mejor beneficio de optar por un MARC y llegar a un final rápido y efectivo para nuestro cliente? En mi opinión, el beneficio agregado más grande es el lograr la fidelidad del cliente. Sabiendo el cliente que su abogado trata los asuntos de su empresa con el mismo cuidado e importancia que los honorarios o su firma propia, nos ganamos la confianza a veces absoluta del cliente y por tanto, nos garantizamos a ese cliente por el resto de su vida, o de la vida profesional nuestra, y muchas veces aún más allá porque nos recomiendan con sus hijos y nietos.